SOBRE COMPRENSIÓN LECTORA Y APRENDIZAJES SIGNIFICATIVOS

AtahualpaQuizá el primer caso de problemas de comprensión lectora, que se documenta en la historia de nuestra América andina, sea la fábula de Fray Vicente Valverde en Cajamarca, dándole a Atahualpa la Biblia en la que estaba, según el bondadoso fraile, la palabra de Dios; dice la historia que el Inca tomó con curiosidad el libro y se lo acercó al oído manteniéndolo así durante algunos minutos para enseguida arrojarlo violentamente al piso al pensar que estaba siendo objeto de la burla del español.

Con este comienzo de farsa se da inicio a nuestra relación traumática con la cultura europea y la particularmente dolorosa con la palabra escrita.

Los niños de entre cinco y seis años que se acercan al aprendizaje de “las primeras letras”, en nuestro país, suelen encontrarse protagonizando un drama tal vez no tan trascendente como el de Cajamarca, pero que marca igualmente sus vidas y las de sus familias.

El “encuentro entre culturas” que se produce cuando el niño “analfabeto” llega al aula y se enfrenta a la “cultura escrita” muchas veces tiene ribetes de conquista, resistencia, rebelión, dominación y rendición.

Los resultados de las prácticas educativas mecánicas, basadas únicamente en la memoria y en los ejercicios repetitivos; donde se concibe al alumno como un recipiente, vacío de saberes y valores, que debe ser llenado por los maestros; se reflejan en las estadísticas de deserción y fracaso escolar y más aún, en un estado de frustración nacional en torno a la educación y la escuela.

¿Cómo revertir un proceso que no está dando frutos?

Haciendo que los niños se acerquen al lenguaje escrito con la misma curiosidad e interés con que lo hicieron al acercarse al lenguaje oral: escuchándolo, maravillándose con el significado que está detrás de cada palabra, de cada frase, de cada entonación; sorprendiéndose con el nombre de cada animal, de cada cosa; construyendo mentalmente reglas para conjugar los verbos que no saben que se llaman verbos; jugando a hacer que concuerde el género y el número de las palabras; comunicándose con sentido.

Si los niños ingresan al nuevo mundo, al mundo letrado, no a enfrentarlo o a ser su víctima, sino a jugar, a descubrir, a aprender, a ser protagonistas, empezarán primero por querer ir a la escuela, por querer clases de lenguaje tanto como de educación física o recreos y terminarán por amar los libros y la literatura, usarán la lectura como herramienta de aprendizajes y la escritura como instrumento para comunicar sus pensamientos, sus  ilusiones, sus alegrías y sus penas; serán lectores y escritores competentes.

Quizá el mejor secreto, para lograr este sueño, sea el que los maestros comprendamos que no existen en realidad aprendizajes si es que no son significativos; que el aprendizaje mecánico y memorístico forma niños y niñas, y por lo tanto hombres y mujeres, sin criterio y sin capacidad de análisis.

Si el maestro descubre que los niños, por más pequeñitos que sean, saben muchas cosas y que sobre ellas pueden construir nuevos saberes, quizá descubra que es más económico y rentable construir sobre esos cimientos.

Si le lectura empieza por interesar al maestro, quizá interese a los niños; si el maestro aprende con ella, es probable que aprendan los niños; si descubre que le gusta lo que quiere proponer para que los niños lean, es seguro que a los niños les gustará.

Los maestros tenemos que comprender que el leer no tiene sentido si no es para divertirse, para informarse, para aprender; que junto al hecho lúdico de la lectura por placer tienen que estar siempre los aprendizajes y que la lectura es y continuará siendo el sistema más cómodo y barato para aprender.

Tenemos que asumir que la lectura es un proceso que tiene que aprenderse, como todo, paso a paso, partiendo de lo simple a lo complejo; que la motivación a la lectura no puede quedarse en interesar al niño en un texto literario o informativo, sino que tiene que aprender a degustar el placer de la literatura y a descubrir la magia de los nuevos aprendizajes; que ese proceso no puede ser automático y requiere la mediación consciente del maestro, del padre, de la madre.

Si los maestros descubrimos que al leer una vez un texto le encontramos una gracia y al volverlo a leer le descubrimos muchas más, quizá entenderemos por qué a los niños les gusta leer varias veces una misma historia y seguramente promoveremos las relecturas.

AbrazoY que el gusto por la buena literatura no es un gusto que se pueda enseñar, es un placer que los niños tienen que construir y que eso será posible si tienen acceso a buena literatura y que nuestro propio gusto lo iremos forjando cada año, con cada grupo y con cada niño al que logremos hacer un lector.

Entonces lograremos que el niño sea un propagandista de la lectura entre su familia y quizá su familia empiece a leer algo o al menos a buscar algo para que su niño lo haga.

Y cuando ese niño sea un maestro, ojalá lo sea, se acercará a sus alumnos con alegría, no tendrá que hablarles, como nosotros ahora, de comprensión lectora, porque el leer significará para él, siempre, comprender lo que se lee; no tendrá que sufrir para que sus niños copien planas, porque sus niños, como él, serán capaces de escribir sus pensamientos propios; no tendrá que pensar en promover aprendizajes significativos, porque todos los que provoque lo serán.

Los niños y niñas de nuestras escuelas no se atreven, como lo hizo el Atahualpa de la fábula, a lanzar al suelo el libro que no les dice nada y nuestro futuro se juega en conseguir que no lo arroje, que lo abra con curiosidad, que lo lea con cariño, que se divierta y aprenda con él.